La importancia de la confianza en la toma de decisiones

Somos humanos, y lo demostramos cuando nos abruman los miedos o las desconfianzas, pero también cuando, con una palmadita en la espalda intentan animarnos haciéndonos ver que no todo es de color de rosa, pero tampoco lo es de color negro. En esos momentos actuamos llevados simplemente por impulsos, por lo que nos dicta el corazón olvidándonos de toda lógica ni regla técnica.

Es lo que ha venido sucediendo a lo largo de estos dos últimos meses cuando veíamos caer a valores sólidos como el BBVA, el Santander o Telefónica en torno a un 10% en una sola sesión. Entonces como si se acabara el mundo, y las meigas vinieran a llevarse nuestros dineros, corríamos a venderlo todo al precio que fuera pensando que en poco tiempo esos Bancos cerrarían sus puertas, y nuestro dinero desaparecería.

Hoy, la crónica bursátil es igual, sólo que en esta ocasión el signo es positivo. Ayer, en otra sesión sin pies ni cabeza vimos como la Bolsa en EEUU llegaba a caer a media sesión casi un 4%, pero bastaron unas palmaditas de Mr. Bush en la espalda de unos cuantos para que lo que era negro fuera blanco, y para que la más absoluta desconfianza y miedo se convirtiera en confianza y seguridad. Y de caer un 4% en poco tiempo, las Bolsas nortemaericanas acabaron subiendo más de un 6%.

¿Lógica? Ninguna. No vayamos a pensar que Bush, en su discurso de ayer tarde en Nueva York vino con la fórmula mágica bajo el brazo para salvar al mundo encómico. No. Ni tan siquiera dio o adelantó nuevas medidas que fueran a realizarse. Simplemente se limitó a reconocer errores pasados, a decir que hay instituciones económicas que deben reformarse, como el FMI, y a afirmar que el capitalismo no está acabado y que es el mejor sistema de economía del mundo. Poco más de enjundia. Un discurso meramente político de lavado de cara para intentar al menos insuflar un poco de confianza en lso alterados ánimos nacionales. Pero sobre todo, fue esa última parte, esa apología por el capitalismo, la que sirvió para levantar los ánimos y que todos en plan patrióticos y a una, se decidieran a comprar como locos.

Sí, somos humanos. No cabe duda. Porque del mismo modo que no oíamos a quienes nos decían que los precios de los Bancos estaban muy baratos y que los castigos eran excesivos, ahora tampoco oímos las voces que aconsejan prudencia. Todos miraron a otro lado cuando se dieron las malas previsiones de beneficios de dos grandes de la economía estadounidense como Intel o Wal Mart. Nadie pareció echar cuenta al dato que salió ayer de que las peticiones de subsidio de desempleo eran las más altas desde 2001, o que el índice de desempleo en EEUU era el más alto en 14 años. Todo dio igual. De repente, como si una ola divina de esperanza hubiera pasado por Wall Street, todos se lanzaron a comprar.

Lo malo es que mañana los humanos europeos (incluidos nosotros, los españoles) nos lanzaremos a comprar como locos para seguir la estela de Wall Street, todos con la confianza puesta en las reuniones del G20, y como siempre, habrá pequeños accionistas lo harán tarde y mal. Y mucho nos tememos que más de uno se pillará los dedos. Porque aún nos quedan unos cuantos sustos por delante. El mismo Bush lo dijo entre dientes. 

Ni las cosas eran tan negras antes, ni son tan blancas hoy. Aún hay muchas cosas por arreglar, y la Bolsa subirá, eso no creo que nadie lo dude, pero habrá muchos dientes de sierra en las gráficas bursátiles que dejarán muchos daños personales por el camino. Por eso, en momentos en que los mercados se rigen por la irracionalidad de los sentimientos, hay que actuar con mucha prudencia.

Si queremos invertir porque creemos que la Bolsa nos hará ganar a largo plazo, hagámoslo, pero con la seguridad de que nos llevaremos nuestros buenos sustos, y de que habremos de tener los nervios muy templados. Dejemos de momento la especulación para los profesionales y los que pueden y saben estar todo el día frente a las pantallas.

Quedémosnos con que esa palmadita de confianza de Mr. Bush nos puede abrir los ojos para ver el fondo de la curva de precios un poquito más lejos cada día. y qué demonios… que siempre un aliento de esperanza al oído ayuda a animarse, aunque sea sólo eso… un aliento.

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